jueves, 25 de abril de 2013

Presentación del nuevo libro: No Recuerdo Haber Nacido



¡Feliz día del libro! Aprovecho esta ocasión para presentar mi nuevo libro. Es un relato autobiográfico en el que cuento la aventura que viví desde que se reventaron mis cómodas estructuras de vida hasta ahora. Estoy muy contenta por haber terminado con el proceso largo de revisión. Por ahora está disponible como ebook, y pronto lo publicaré también en papel.



Pueden acceder al libro en formato kindle AQUI.
Y en formato impreso AQUI

"Sentada entre la multitud, en aquél inmenso templo ubicado en un punto invisible del mapa de Asia la tarde del 5 de Enero de 1999, no sabía qué consecuencias podría traer el atreverme, una vez más, a cruzar los límites de lo permitido. La posibilidad de que sucediera lo que al parecer iba a ocurrir era una entre miles, como si me fuera a ganar la lotería. Por lo que había entendido durante los días que llevaba alojada allí, entrar a una entrevista con Sai Baba era lo máximo que alguien podía esperar al ir a Puttaparthi."


Así comienza este relato, que va hacia atrás y hacia adelante en mi historia. Y ahí estaba en verdad, esperando la posibilidad de encontrarme con el que podría, quizás, ayudarme en aquellos momentos de crisis profunda, porque yo ya no sabía si lo que necesitaba era un mago, un milagro o qué. Estaba bastante despistada.

"Parece que normalmente vamos andando la vida paso a paso y muchas veces es como si hiciéramos recorridos circulares, cayendo en las mismas complicaciones una y otra vez. Sin embargo he descubierto que hay pasos que damos, quizás al momento de saltar por encima de nuestras obstrucciones, que son cruciales para tener claridad, como si el recorrido circular se convirtiera  en una elipse ascendente, en la que cada paso se vuelve una experiencia de comprensión. Así fue el momento en que me paré en aquél templo saltándome las normas que regían la comunidad. Con ello estaba dando un paso más en la vida y sumando otro dentro de este viaje a India, permitiendo un nuevo impulso al misterioso viento que me arrastraba y que, en su momento, alteraría y transformaría completamente mi entendimiento, un camino que no terminaría ese día pero que dentro de la cadena de causalidad llevaría finalmente, más adelante, a una mirada radicalmente renovadora, haciendo por lo menos un primer cierre en la aparentemente infinita espiral de comprensión."

Y así va siguiendo, entre anécdotas y reflexiones, mientras voy contando las circunstancias que considero relevantes en cuanto al movimiento que desde muy joven me empujaba hacia el reconocimiento de mi plenitud esencial. A los 34 comencé con una ardua insistencia por saber la verdad de lo que me rodeaba en un matrimonio que estaba al borde del desastre, y que llamo la verdad chiquita. Esto, por unas causas u otras, me fue llevando al anhelo por lo que descubrí que al parecer era posible: el conocimiento de la Verdad Grande. Narro sobre mis orígenes familiares y niñez, adolescencia, matrimonio, etc., los viajes a India, la búsqueda del amor ideal, cómo supe del Advaita, mis primeras iniciaciones en ello, las prácticas a las que me sometí, las reflexiones y experiencias. 

Espero que al compartir esta historia, algunas personas que están en circunstancias similares a las que estuve, esas de turbación e incertidumbre, puedan beneficiarse de alguna manera.

Maria Luisa


miércoles, 24 de abril de 2013

Tomar Conciencia




Tomar Conciencia. De la conciencia ecológica - De la conciencia social - De la conciencia política y ciudadana - De la conciencia familiar - Y la conciencia ética o moral.

Más allá de todas estas cosas de las que somos conscientes, más conscientes o menos conscientes, y a la vista de innumerables invitaciones a causas socialmente muy loables, que mencionan como “toma de conciencia”, o hacernos conscientes, algo me retumba, pues guao, ya somos conscientes y no solo eso, somos conciencia. Así que ante esta inquietud, le escribí este texto a R.Malak.

Vengo del supermercado, y como vivo en el centro de la ciudad, hay muchas imágenes que pude ver a mi paso, una tras otra, armándose como si fuera una obra de arte… quizás una obra que podría llamarse “Conciencia Urbana”. Chicos jóvenes en los parques – este paseíto al super es extremadamente grato porque pasa por corredores peatonales y parques urbanos – que se comprende que salen recién de la universidad y hacen su tarea de dibujar el espacio urbano. Unos encuadran árboles y bancos, otros los quioscos de periódicos, otros dibujan a las personas y su entorno. Me recordó cuando estudiaba arquitectura, y a la vez evoca lo que significa una cámara fotográfica. Así, me dediqué a fotografiar: la niña vestida como Geisha (no sé de qué obra de teatro salía) tomada de la mano de su mamá. Luego el viejo de ropas raídas, sentado al borde de la jardinera dormitando, y más allá la parejita de pololos, como dicen en Chile, soñando uno en brazos del otro. Los típicos 4 viejos que se reúnen a socializar a las 4 de la tarde, las palomas comiendo las migajas de los que salen de la tienda de empanadas. Color, sonido, textura urbana. Gente, emociones, pasiones escondidas. Y así, estas percepciones hermosas fueron la experiencia caminante de mi propia obra de arte: la Vida en este instante, en sumatoria de imágenes y sensaciones.

Conciencia de las cosas es iluminar estas desde tu propia comprensión. Conocerlas.

Y noto…
La comprensión se nubla con nuestra educación, nuestras creencias y nuestras experiencias, es decir, nuestros residuos se interponen entre las cosas como son y como creemos que son, como un velo. “Veo un viejo sucio, debería estar limpio en buena cama. Esa niña lleva un disfraz parecido al que le hice a mi hija hace 15 años. Ojalá estuviera de nuevo en esa época. Qué cochinos los que tiran los papeles en el suelo, así no se puede vivir. Uf! Qué contaminación en esta ciudad, deberían hacer algo al respecto”. Y sin mencionar mis ansiedades posibles… ansias no cumplidas, temores de lo que será, tristezas de lo pasado, culpas de algunos actos, etc, etc etc… y pobre yo, ojala las cosas sean de otra forma. Los chateos, que como un velo, impiden ver lo que es. Incluso impiden darse cuenta de que ellos ocurren y en su ocurrir, nos secuestran.

Para seguir con esta reflexión, necesito revisar algunos conceptos tal como los comprendo. Creer es: lo que sostenemos como válido. Según cada quién esto puede ser considerado como ser consciente de eso que estamos validando. Creer es mentalizar, memorizar algo y darle valor. Valorar es comparar criterios y elegir entre ellos.

Así, entre muchas otras posibilidades, veo:
Algunas personas valoran tener posesiones, tener éxito, tener salud, otras valoran tener poder de cualquier tipo, ya sea sobre su pareja, sus hijos, su vecino o sobre toda la sociedad o una parte, poder sobre sus empleados, etc. Otras personas valoran que se las tenga en consideración, que se les preste atención, que se les quiera. Según sean los valores que sostenemos, podemos caer en la posición de víctimas o victimarios, con tal de lograr experimentar nuestros valores. Otras valoran el arte, la religión, la llamada conciencia ciudadana o colectiva, la unión familiar, la filosofía, las flores de su jardín o del parque comunitario. Las valoraciones son infinitas, y es lo que da color a nuestras vidas personales.

Y aquí me acerco al tema que me convoca desde el principio. Hay grupos que dan valor a algo que llaman “tomar conciencia” colectiva o unitaria. O sea, algo así como que todos valoren lo mismo. Estos grupos tienen sus propios valores, por ejemplo, mantener la ciudad limpia, recoger los perros callejeros, juntar los mendigos que deambulan y darles asilo, ropa, comida. O puede ser, limpiar el planeta tierra de la contaminación, o puede ser, eliminar el sistema imperante y cambiarlo por otro sistema mejor, según sus valores. Entonces promueven sus criterios por medio de muchos mecanismos. Invitan a que una mayoría se una a su causa por esos valores. Y a eso le llaman “tomar conciencia”. Y si no “tomas conciencia”, o sea, valoras lo que ellos valoran… eres desvalorizado por ellos.

Con todo y eso, cada cual toma la foto que más le atrae. Unos pintan árboles y bancos, otros dibujan flores y palomas y otros quedan atraídos por la parejita que se besa sobre la grama. Variopinto, y me pregunto ¿por qué no ha de ser así?

Cuando se refieren a “tomar conciencia”, según esto que describo, podría entender entonces que apuntan a considerar algo por encima de otras cosas o condiciones o cualidades. Prestar más atención a algo y cuidar de ello, pensar en ello, creer en ello y dedicarse a vivir por ello, así sea por un tiempo. Algunos lo toman como meta de vida, otros son más casuales y lo toman como hobby temporal.

Mis disertaciones buscan poner las cosas claras a mi vista, verme en esto que trato de describir, este dibujo de mi mirada. Primero veo, ilumino y luego lo traduzco a formas distinguibles. Así que sigo punteando y elaborando este escorzo, revisando lo que significa para mi (todo es para mi y según lo veo) comprensión.
Comprender algo es prestar atención a ese algo y captar su significado. Captar el significado no es entender un concepto y ser capaz de traducirlo a otros conceptos similares o sinónimos. No es saber usar las palabras, no es quedarse en el lenguaje.
Comprender es conocer, y en cuanto a comprender palabras es ir al lugar que estas palabras señalan, por así decirlo metafóricamente.

Las palabras son formas fonéticas y simbólicas que se acuerdan entre las personas que manejan el mismo lenguaje: castellano, inglés, chino, hindú. Las palabras son como carruajes que nos llevan a un sitio, este sitio es el significado profundo e intrínseco que señalan. Se usan para compartir comprensión, intención, deseo, y en definitiva comunicar nuestras significaciones. Si un ciego no ha visto el color rojo, no puede captar el significado intrínseco de lo que se ha acordado con esta palabra. Según todos los diccionarios, esta palabra está referida a una experiencia visual. El ciego puede asociar esta palabra a una temperatura, quizás, así entender a los videntes, pero no capta la significación que se ha querido acordar con este vocablo. Si no se experimenta la sensación que se señala, no es posible comprender la palabra de la misma manera que aquel que ya ha experimentado el lugar a donde apunta.

Inventaré un cuento para ilustrar. Dos personas que ven, no ciegas, van por primera vez, juntas, a un acantilado desde donde se ve el mar. Experimentan juntas el tamaño, el color, el olor y la forma del mar. Y lo llaman Mar. Vuelven a su casa en la ciudad, tierra adentro, y cuando dicen mar conocen por experiencia propia el significado intrínseco de esa palabra. Así, se pueden comunicar. En su casa vive un hermano que nunca ha ido al mar, y le dicen, es enorme, es azul, precioso. Esta persona no puede captar completamente el significado de “mar enorme”, puede intentarlo, pero no es posible que su mente evoque dicho concepto: mar.
Por tanto… el mar se comprende cuando se ve, se huele, se saborea, se escucha y se toca, no por escuchar el concepto y ni siquiera la descripción que lo señala. Comprensión entonces apunta a captar en forma vivencial algo, iluminar ese algo con nuestra conciencia, nuestra capacidad de conocer, sin filtrarlo con un prejuicio, una imaginación o idea previamente establecida, o algo recordado.

Comprender es tomar conciencia del objeto, sensación, experiencia o percepción que se ha conocido en forma directa, inmediata e íntima. Eso es, es algo vivo y no sacado del trastero de la memoria, porque memorizar algo no va necesariamente de la mano con comprender ese algo, sino más bien con aprender. Un loro puede aprender palabras. Un grabador puede guardar palabras, pero no pueden interpretarlas, menos aún saber a qué se refieren, qué señalan, a dónde lleva ese carruaje.

Vuelvo a esto: Comprender es idéntico a tomar conciencia. No importa de qué se tome conciencia, es solo eso… conocer, saber. Comprensión y Conciencia, en este sentido, son palabras que señalan algo así como la luz que nace de uno mismo y que permite saber de mí y del mundo donde estoy, de mis sensaciones y los movimientos de la vida. Tomar conciencia es una cualidad del ser. No importa de qué se tome conciencia en este sentido, porque estoy yendo más allá de “tomar conciencia de las cosas”, estoy yendo a la raíz de la existencia. Cuando tomo conciencia de algo, creo en su existencia, esto me ofrece un significado, lo veo, lo observo y lo vivo. Indudablemente existe para mí. La niña vestida de Geisha, el viejo, la paloma, el parque, lo grato, esas existencias que pueblan mi cuadro, mi obra de arte urbana.

Y profundizando en los modos como tomo conciencia de las cosas, o sea, de todos esos contenidos conscientes, me parece bien preciso y que puede ayudar, la comprensión del movimiento de los tres estados mentales de la conciencia que se ha centralizado en mi yo.

Cuando duermo, en mi cama, de pronto el mundo deja de existir para mí, me olvido de él, y aparecen las imaginaciones, los recuerdos y los sueños. Los contenidos de mi memoria, más o menos aliñados con una creatividad imaginativa, se convierten en las existencias de las que estoy tomando conciencia. El mundo de la vigilia desaparece para dar entrada al mundo de los sueños. Cambio una existencia de lo cotidiano por otra existencia onírica. Inesperadamente y en forma involuntaria, de pronto desconozco todo, todo desaparece, toda existencia simplemente no está, y es porque estoy presenciando el silencio, la oscuridad y la ausencia de contenidos, llamado sueño profundo. Un estado de absoluto descanso, recuperación de las energías gastadas en sostener tantas existencias de lo cotidiano y de mi subconsciente o mundo de sueños. Se recupera el gasto ocasionado por las emociones y actividad física. Son los tres estados de los que tomo conciencia, que rotan y se alternan formando la conciencia centralizada sostenida por mi yo, por mi sentido y sensación de existencia individual.

Tomar conciencia en el sentido de encontrar valores para sostenerlos, ocasiona gasto energético. La mente, cuando se usa para manipular nuestros intereses, es agotadora, porque impulsa una voluntad de movimiento y acción física que se estresa en el deseo de lograr su cometido, por lo que promueve también un movimiento emocional asociado que es desgastador para el cuerpo. Tomar conciencia en este sentido, se relaciona con una centralización en mi yo, en mis deseos, en mis preferencias, en lo mío. El gasto energético es inversamente proporcional a la vivencia de la felicidad.

¿Cuándo es que tomar conciencia no es un gasto energético, ni un movimiento de tensión y agotamiento? Cuando no juzgo la percepción. Cuando hay observación y conciencia desde el Si mismo, sin la idea separadora de yo y lo mío, mi persona y sus intereses, sus miedos, sus creencias, sus valores y sus causas. Cuando veo el cuadro de la vida como una creación que emana de mi propia inspiración y exhalación, como percepción viva y alerta, como una obra de arte andante. Mirar desde el Si mismo es ver la existencia en felicidad y ver la desaparición de la existencia en igual felicidad. Desde el Sí mismo todo es pleno, pase lo que pase o aunque no pase algo.

Al mostrarse todo como conciencia esencial y no centralizada en mi separatividad. Cuando observo sin juicio alguno sobre lo que veo o lo que sucede. Cuando no me encuentro en tensión con las ideas, el chateo interno se acalla y dejo de sostener valores pre-establecidos, prejuicios o creencias acerca de cómo deben de ser las cosas. Cuando no promuevo causas con las que busco un significado para mi vida, por más éticas o válidas que las considere. Cuando dejo de buscar el sentido o la felicidad. Cuando relajo y dejo ir todas las ideas que me han definido. Cuando me entrego y ya no me importa lo que pase. Cuando me encuentro desarmada y en manos de lo esencial, es decir, cuando se desvanece la separación que suponía entre yo y lo Divino. Y ahí, tomar conciencia es conocer la luz que todo lo ilumina, y ser uno con ella, o ser la luz misma que sale por mis ojos, mis sentidos, mi cuerpo, y a la vez por todos los cuerpos de todos los seres sencientes. La luz de la conciencia que nace del Si mismo. Y eso, es tomar conciencia de la realidad, del Si mismo y comprender la raíz de toda la existencia y de todas las cosas y los seres existentes. Esto es más allá de cualquier pretensión de tomar conciencia de las cosas, porque se ha comprendido que todas las cosas están en mi, iluminadas y conocidas por mi, y ningún esfuerzo es necesario y nunca lo ha sido, a pesar de la confusión que hubiera, que estaba basada tan solo en la equivocación de considerar mi idea y sensación de yo separado como real. Y cuando este yo ya no se interpone como una razón de ser y de Vida… todas las buenas causas que miran por el beneficio y felicidad de todos los seres, suceden naturalmente, sin egoismo y sin importancia de lo personal, como decía un conocido maestro: conócete a ti mismo y todos los milagros se darán por añadidura. Y es cuando el Amor es la expansión misma de ver a conciencia desde el corazón, desde el núcleo vivo de lo que soy.

Y R.Malak me contestó: “Y es cuando el Amor es la expansión misma de ver a conciencia desde el corazón, desde el núcleo vivo de lo que soy”, y no ver la conciencia como una función solamente que es la mente, sino saber de si mismo como la vida misma, ya que conciencia es omniabarcante  como la manifestación y expresión, continente y contenido.

Maria Luisa

martes, 9 de abril de 2013

¿Cómo encontrar paz permanente?


¿Cómo encontrar paz permanente, cómo saber cuál es la verdad de la vida y encontrar algún sentido real?

Cuando un bebé nace, parece que estallara de pronto la vida. Sabemos que en el vientre de la mamá la vida ya estaba allí, también sabemos que desde que esa vida es un pequeño feto está percibiendo la armonía o desarmonía de la madre. Pero al nacer, esta vida empieza a tomar conciencia del mundo. En ese momento los sentidos y el sistema nervioso empiezan a percibir y enviar señales de las que esta vida toma conciencia. La Vida está usando un nuevo instrumento de expresión: ese pequeño cuerpecito.
Sabemos que a través de los 5 sentidos todos recibimos impresiones del mundo físico que nos rodea.
También sabemos que tenemos pensamientos. Que los pensamientos que tenemos ahora no son los mismos que teníamos hace unos años, o ayer, o hace unas horas.
Si prestamos atención, podemos revisar recuerdos, ir hacia atrás en estos recueros, rebuscar el momento en que nacimos.
¿Será que podemos recordar eso?

Todos tenemos la certeza de que hay algo de nosotros que no está limitado por el mundo físico de tres dimensiones que percibimos. Somos conscientes de una cantidad de percepciones que no pertenecen al mundo físico, como recuerdos, sentimientos, emociones, temores o esperanzas.
Todos tenemos la certeza de ser. Todos decimos yo soy, sabemos yo soy, sentimos yo soy.
Si nos remontamos al momento del nacimiento, allí no estaba la idea de que yo soy, pero sin duda, en ese momento yo era ya… y lo era desde antes de nacer… y lo era desde…… ¿desde cuándo?
Cada vez que trato de definir algo que está fuera de los límites mentales, simplemente me encuentro en el campo de la especulación. Cuando pretendo imaginar mis comienzos estoy en el campo de la imaginación. Nada de eso me da certeza.

Si queremos saber ciertamente lo que verdaderamente somos, más allá de los límites que imponen tanto el cuerpo como las ideas, nos damos cuenta de que para cualquier certeza, sólo tenemos el presente, el ahora. De lo único que podemos tener absoluta certeza es de Ser Ahora. Y que hay conciencia de eso.
En cambio cada vez que queremos definir lo que somos, aparecen las ideas de nuestra identidad, y esta se encuentra directamente ligada a todo aquello que nos limita. Por eso siempre estaremos en la contradicción si queremos saber lo que somos esencialmente, más allá de las limitaciones. Lo que somos no es definible, ni descriptible. En esencia, somos conciencia.

Como conciencia, nos asomamos al mundo a través de tres ventanas que nos provee el instrumento cuerpo. La ventana de la percepción sensorial: nos permite experimentar el mundo de manera física y orgánica. La ventana de la mente: nos permite funciones de conciencia que ordenan nuestras experiencias. La ventana de las emociones: nos permite apreciar un sabor especial con cada experiencia.
Si conocemos estas ventanas, podemos conocer lo que aparentemente nos limita.
No hay tal limitación, porque lo que somos es Conciencia que se asoma a través de esas ventanas o filtros, pero ocurre que nos apegamos a estos filtros, los tomamos como absolutamente verdaderos y dejamos que lo que podemos ver a través de esas ventanas nos haga creer que todo lo que hay es eso.
Es importante conocer estas ventanas: el cuerpo, la mente, las emociones. Y notar cómo vivenciamos nuestro Ser en función de ellas.

Al mismo tiempo que conocemos estas ventanas, es preciso notar desde dónde nos estamos asomando a ellas.
Pondré un ejemplo. Imaginemos que estamos en una casa vacía que tiene ventanas. El universo rodea a esta casa, pero solo podemos apreciar espacios limitados del universo dependiendo de cada ventana por la que nos asomamos. Reconozcamos que estamos viendo desde este espacio vacío. Ahora imaginemos que le sacamos las paredes a la casa. Estamos en el mismo sitio, el universo está en el mismo sitio, pero ya no hay separación entre el interior y el exterior. El espacio desde donde miramos está liberado de las estructuras. Siempre fue el mismo espacio.

Hablando de estructuras, y de conocer las tres ventanas, es preciso entonces notar cómo se van armando las estructuras que limitan nuestra percepción. Las estructuras del aprendizaje, de lo que hemos tomado como real y verdadero. Lo que hemos recibido por medio de la interacción con los padres, la sociedad, la cultura y el medio ambiente. Lo que vamos aceptando y recogiendo como cierto: ideologías, deber ser, deber hacer; lo que es bueno y lo que es malo; lo que conviene y lo que no.
Muchas de estas estructuras son netamente funcionales. Por ejemplo, no es necesario experimentar dos veces que el fuego quema. Lo que es funcional no estorba.
Otras estructuras son ideas sociológicas: pertenecemos a un grupo social, un grupo familiar, con ciertos esquemas acerca de cómo apreciar la vida.
Y otras son psicológicas: son las memorias que vamos guardando acerca de cómo experimentamos cada situación. Esto se sostiene en un sentido psicológico de ser, en el sentido de ser yo, la persona que se ha ido formando desde que nació el bebé hasta ahora, cargando con todas las impresiones genéticas, sociales, familiares, etc.

Este sentido de ser yo me define como identidad, como alguien. Y también define lo que me gusta y lo que no.
Cuando vamos por la vida atesorando lo que me gusta y descartando lo que no me gusta, sufrimos, porque la vida no nos pregunta lo que queremos, sino que se presenta como se presenta.
Aprender a conocer las tres ventanas y el instrumento de expresión es fundamental; conocer cómo todas estas cargas de gustos, aversiones, esquemas, ideologías, modos de ser, ideas de cómo debe de ser la vida, los comportamientos asumidos, nos van convirtiendo en personas acartonadas. Nos hemos rigidizado, unas personas más seguras de sí mismas, con un ego fuerte y sano, otras con un ego más débil. Pero en ambos casos, son cartones, máscaras que limitan nuestro modo de percibir y comprender.

Reconocer el espacio desde donde estamos mirando la vida es fundamental, y hay varios modos de hacerlo, por medio de la auto-indagación, la meditación, el yoga, las artes marciales y diversas terapias o ejercicios. Hay muchos modos de aprender a reconocer este espacio desde donde somos, que es permanente, real, que no es definible ni descriptible; es pleno de sí mismo. El problema se presenta cuando en la búsqueda esperamos reconocer algo distinto de uno mismo, olvidando que lo que somos no es un objeto, sino la fuente de toda percepción, conocimiento y vivencia.
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Vivir en el ahora, reconocer el espacio consciente, apreciar la presencia, aceptación de todo cuanto acontece, atestiguar, todo esto son señales que los apuntadores ofrecen. Estas señales implican primero reconocer que somos conscientes, y segundo reconocer que esta conciencia no ocurre dentro del cuerpo. Ser consciente de ser, ser el ser, son más señales. Aquí no hay un yo, aquí no hay nadie, son también señales. Repetir esto no soluciona el conflicto. Y, ¿cuál es el conflicto? Que se sufre y a la vez se anhela paz. Que estamos viviendo como metidos dentro de una constante contradicción, en una pelea, una guerra que se desarrolla como un constante chateo mental.

La paz no se encuentra, la paz es lo que se siente cuando se observa todo el ruido mental sin darle más crédito. Observarlo como quien mira llover. La paz es la quietud, el espacio vacío desde donde miramos. Y lo que miramos son todos los contenidos con que usualmente queremos llenar este espacio para definirlo. La paz es la cualidad del espacio consciente infinito, esencial, el continente de conciencia; el espacio vacío de la casa que no es diferente del espacio vacío que rodea la casa. Es conciencia, es saber, es percibir, es darse cuenta. Eso es paz.

Este espacio de conciencia pleno, infinito, esencial, que soy antes de identificarme, se mueve como lo hace el aire formando remolinos, vientos y hasta huracanes. Este movimiento remueve los contenidos conscientes, entonces estos se van organizando gracias a una función de conciencia llamada mente-identidad, la función organizadora de la conciencia. Esta formación de identidad, del “yo soy” que se adhiere a los contenidos conscientes formando el “yo soy esto”, conlleva apego. Sin apego es difícil construir identidad. El apego comienza a desarrollarse al confundir la función de supervivencia biológica con la supervivencia psicológica. Confundir, palabra clave.

La confusión del sentido de ser con el sentido de identidad es la raíz del sufrimiento. Por eso, salir del sufrimiento implica justo lo contrario: comprensión.
Esta confusión del sentido de ser con el sentido de identidad acontece como un funcionamiento hipnótico, porque el aliado de esta situación es el apego. Por eso, para revertir este asunto se precisa ir en sentido contrario, cuidadosamente, porque el apego es un furioso protector de la identidad. Es como una enfermedad. El apego, que también significa interés o atracción hacia algo, debe quedar enganchado, interesado en conocer la realidad, tiene que haber una gustosa disposición a conocer la verdad. Por eso el apuntador tiene que ser cuidadoso, conociendo cómo funciona esto. Se precisa entonces, primero entender todo el mecanismo, para después proceder a asimilarlo profundamente, aceptarlo. Es ahí cuando podemos dirigir la atención hacia su origen, descubrir el espacio consciente que alberga todo el funcionamiento de la mente-identidad. Este espacio de tranquilidad, que, aunque quede vacío de contenidos conscientes, no deja de ser.

De este modo, que haya o no haya ventanas a través de las que mirar no tiene ya más importancia. Se vive lo que se tiene que vivir, sabiendo que nada de lo que acontece, ni me define ni me agrede. Se pierde el miedo. Las dudas ya no importan porque se reconocen como parte normal del funcionamiento de la mente que siempre estará haciendo proposiciones de exploración. Ya se conocen las tres ventanas: mente, cuerpo, emoción. Ya se sabe que estas no me limitan, que la paz y plenitud de ser no depende de la experiencia que se tenga. En la eterna permanencia de Ser se mueve la conciencia con todos sus contenidos, del mismo modo que sobre el papel se imprimen las letras y las notas que arman una canción. La vida que vive el personaje es un espectáculo pasajero, en cambio la vida que mueve al personaje es la eternidad misma. Es mi verdadera naturaleza permanente.

Maria Luisa


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