martes, 9 de abril de 2013

¿Cómo encontrar paz permanente?


¿Cómo encontrar paz permanente, cómo saber cuál es la verdad de la vida y encontrar algún sentido real?

Cuando un bebé nace, parece que estallara de pronto la vida. Sabemos que en el vientre de la mamá la vida ya estaba allí, también sabemos que desde que esa vida es un pequeño feto está percibiendo la armonía o desarmonía de la madre. Pero al nacer, esta vida empieza a tomar conciencia del mundo. En ese momento los sentidos y el sistema nervioso empiezan a percibir y enviar señales de las que esta vida toma conciencia. La Vida está usando un nuevo instrumento de expresión: ese pequeño cuerpecito.
Sabemos que a través de los 5 sentidos todos recibimos impresiones del mundo físico que nos rodea.
También sabemos que tenemos pensamientos. Que los pensamientos que tenemos ahora no son los mismos que teníamos hace unos años, o ayer, o hace unas horas.
Si prestamos atención, podemos revisar recuerdos, ir hacia atrás en estos recueros, rebuscar el momento en que nacimos.
¿Será que podemos recordar eso?

Todos tenemos la certeza de que hay algo de nosotros que no está limitado por el mundo físico de tres dimensiones que percibimos. Somos conscientes de una cantidad de percepciones que no pertenecen al mundo físico, como recuerdos, sentimientos, emociones, temores o esperanzas.
Todos tenemos la certeza de ser. Todos decimos yo soy, sabemos yo soy, sentimos yo soy.
Si nos remontamos al momento del nacimiento, allí no estaba la idea de que yo soy, pero sin duda, en ese momento yo era ya… y lo era desde antes de nacer… y lo era desde…… ¿desde cuándo?
Cada vez que trato de definir algo que está fuera de los límites mentales, simplemente me encuentro en el campo de la especulación. Cuando pretendo imaginar mis comienzos estoy en el campo de la imaginación. Nada de eso me da certeza.

Si queremos saber ciertamente lo que verdaderamente somos, más allá de los límites que imponen tanto el cuerpo como las ideas, nos damos cuenta de que para cualquier certeza, sólo tenemos el presente, el ahora. De lo único que podemos tener absoluta certeza es de Ser Ahora. Y que hay conciencia de eso.
En cambio cada vez que queremos definir lo que somos, aparecen las ideas de nuestra identidad, y esta se encuentra directamente ligada a todo aquello que nos limita. Por eso siempre estaremos en la contradicción si queremos saber lo que somos esencialmente, más allá de las limitaciones. Lo que somos no es definible, ni descriptible. En esencia, somos conciencia.

Como conciencia, nos asomamos al mundo a través de tres ventanas que nos provee el instrumento cuerpo. La ventana de la percepción sensorial: nos permite experimentar el mundo de manera física y orgánica. La ventana de la mente: nos permite funciones de conciencia que ordenan nuestras experiencias. La ventana de las emociones: nos permite apreciar un sabor especial con cada experiencia.
Si conocemos estas ventanas, podemos conocer lo que aparentemente nos limita.
No hay tal limitación, porque lo que somos es Conciencia que se asoma a través de esas ventanas o filtros, pero ocurre que nos apegamos a estos filtros, los tomamos como absolutamente verdaderos y dejamos que lo que podemos ver a través de esas ventanas nos haga creer que todo lo que hay es eso.
Es importante conocer estas ventanas: el cuerpo, la mente, las emociones. Y notar cómo vivenciamos nuestro Ser en función de ellas.

Al mismo tiempo que conocemos estas ventanas, es preciso notar desde dónde nos estamos asomando a ellas.
Pondré un ejemplo. Imaginemos que estamos en una casa vacía que tiene ventanas. El universo rodea a esta casa, pero solo podemos apreciar espacios limitados del universo dependiendo de cada ventana por la que nos asomamos. Reconozcamos que estamos viendo desde este espacio vacío. Ahora imaginemos que le sacamos las paredes a la casa. Estamos en el mismo sitio, el universo está en el mismo sitio, pero ya no hay separación entre el interior y el exterior. El espacio desde donde miramos está liberado de las estructuras. Siempre fue el mismo espacio.

Hablando de estructuras, y de conocer las tres ventanas, es preciso entonces notar cómo se van armando las estructuras que limitan nuestra percepción. Las estructuras del aprendizaje, de lo que hemos tomado como real y verdadero. Lo que hemos recibido por medio de la interacción con los padres, la sociedad, la cultura y el medio ambiente. Lo que vamos aceptando y recogiendo como cierto: ideologías, deber ser, deber hacer; lo que es bueno y lo que es malo; lo que conviene y lo que no.
Muchas de estas estructuras son netamente funcionales. Por ejemplo, no es necesario experimentar dos veces que el fuego quema. Lo que es funcional no estorba.
Otras estructuras son ideas sociológicas: pertenecemos a un grupo social, un grupo familiar, con ciertos esquemas acerca de cómo apreciar la vida.
Y otras son psicológicas: son las memorias que vamos guardando acerca de cómo experimentamos cada situación. Esto se sostiene en un sentido psicológico de ser, en el sentido de ser yo, la persona que se ha ido formando desde que nació el bebé hasta ahora, cargando con todas las impresiones genéticas, sociales, familiares, etc.

Este sentido de ser yo me define como identidad, como alguien. Y también define lo que me gusta y lo que no.
Cuando vamos por la vida atesorando lo que me gusta y descartando lo que no me gusta, sufrimos, porque la vida no nos pregunta lo que queremos, sino que se presenta como se presenta.
Aprender a conocer las tres ventanas y el instrumento de expresión es fundamental; conocer cómo todas estas cargas de gustos, aversiones, esquemas, ideologías, modos de ser, ideas de cómo debe de ser la vida, los comportamientos asumidos, nos van convirtiendo en personas acartonadas. Nos hemos rigidizado, unas personas más seguras de sí mismas, con un ego fuerte y sano, otras con un ego más débil. Pero en ambos casos, son cartones, máscaras que limitan nuestro modo de percibir y comprender.

Reconocer el espacio desde donde estamos mirando la vida es fundamental, y hay varios modos de hacerlo, por medio de la auto-indagación, la meditación, el yoga, las artes marciales y diversas terapias o ejercicios. Hay muchos modos de aprender a reconocer este espacio desde donde somos, que es permanente, real, que no es definible ni descriptible; es pleno de sí mismo. El problema se presenta cuando en la búsqueda esperamos reconocer algo distinto de uno mismo, olvidando que lo que somos no es un objeto, sino la fuente de toda percepción, conocimiento y vivencia.
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Vivir en el ahora, reconocer el espacio consciente, apreciar la presencia, aceptación de todo cuanto acontece, atestiguar, todo esto son señales que los apuntadores ofrecen. Estas señales implican primero reconocer que somos conscientes, y segundo reconocer que esta conciencia no ocurre dentro del cuerpo. Ser consciente de ser, ser el ser, son más señales. Aquí no hay un yo, aquí no hay nadie, son también señales. Repetir esto no soluciona el conflicto. Y, ¿cuál es el conflicto? Que se sufre y a la vez se anhela paz. Que estamos viviendo como metidos dentro de una constante contradicción, en una pelea, una guerra que se desarrolla como un constante chateo mental.

La paz no se encuentra, la paz es lo que se siente cuando se observa todo el ruido mental sin darle más crédito. Observarlo como quien mira llover. La paz es la quietud, el espacio vacío desde donde miramos. Y lo que miramos son todos los contenidos con que usualmente queremos llenar este espacio para definirlo. La paz es la cualidad del espacio consciente infinito, esencial, el continente de conciencia; el espacio vacío de la casa que no es diferente del espacio vacío que rodea la casa. Es conciencia, es saber, es percibir, es darse cuenta. Eso es paz.

Este espacio de conciencia pleno, infinito, esencial, que soy antes de identificarme, se mueve como lo hace el aire formando remolinos, vientos y hasta huracanes. Este movimiento remueve los contenidos conscientes, entonces estos se van organizando gracias a una función de conciencia llamada mente-identidad, la función organizadora de la conciencia. Esta formación de identidad, del “yo soy” que se adhiere a los contenidos conscientes formando el “yo soy esto”, conlleva apego. Sin apego es difícil construir identidad. El apego comienza a desarrollarse al confundir la función de supervivencia biológica con la supervivencia psicológica. Confundir, palabra clave.

La confusión del sentido de ser con el sentido de identidad es la raíz del sufrimiento. Por eso, salir del sufrimiento implica justo lo contrario: comprensión.
Esta confusión del sentido de ser con el sentido de identidad acontece como un funcionamiento hipnótico, porque el aliado de esta situación es el apego. Por eso, para revertir este asunto se precisa ir en sentido contrario, cuidadosamente, porque el apego es un furioso protector de la identidad. Es como una enfermedad. El apego, que también significa interés o atracción hacia algo, debe quedar enganchado, interesado en conocer la realidad, tiene que haber una gustosa disposición a conocer la verdad. Por eso el apuntador tiene que ser cuidadoso, conociendo cómo funciona esto. Se precisa entonces, primero entender todo el mecanismo, para después proceder a asimilarlo profundamente, aceptarlo. Es ahí cuando podemos dirigir la atención hacia su origen, descubrir el espacio consciente que alberga todo el funcionamiento de la mente-identidad. Este espacio de tranquilidad, que, aunque quede vacío de contenidos conscientes, no deja de ser.

De este modo, que haya o no haya ventanas a través de las que mirar no tiene ya más importancia. Se vive lo que se tiene que vivir, sabiendo que nada de lo que acontece, ni me define ni me agrede. Se pierde el miedo. Las dudas ya no importan porque se reconocen como parte normal del funcionamiento de la mente que siempre estará haciendo proposiciones de exploración. Ya se conocen las tres ventanas: mente, cuerpo, emoción. Ya se sabe que estas no me limitan, que la paz y plenitud de ser no depende de la experiencia que se tenga. En la eterna permanencia de Ser se mueve la conciencia con todos sus contenidos, del mismo modo que sobre el papel se imprimen las letras y las notas que arman una canción. La vida que vive el personaje es un espectáculo pasajero, en cambio la vida que mueve al personaje es la eternidad misma. Es mi verdadera naturaleza permanente.

Maria Luisa


4 comentarios:

Caminante Willy dijo...

Impecable como siempre, María Luisa!

Gracias por llevarnos amorosamente, de la confusión a la comprensión... de lo irreal a lo real!

ABRAZO DE LUZ!

MARIA LUISA dijo...

gracias Willy. Abrazo de luz

Buscador de buscadores dijo...

Bonita reflexión para desmontar reflexiones y útil, siempre y cuando acabe por desmontarse a sí misma.

Un saludo desde el ocaso.

MARIA LUISA dijo...

Saludos Buscador. Así es, es cuestión, finalmente, de dejar a un lado los procesos como medios de buscar sentido y comprensión. Gracias, un abrazo

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