viernes, 18 de mayo de 2012

Observando al paso


Entro al facebook. Cada día van aumentando los amigos como el goteo de un chorro que va llenando un balde. Son pocos en relación a los miles que se puede ver moviéndose detrás de algunos gustos y predisposiciones, generalmente ajenos a mis preferencias y que ahora me cuesta enumerar, aunque son muchos en relación al número de simpatizantes hacia lo que me interesa y motiva profundamente, la gente que normalmente veo en la cotidianidad no cibernética. Entonces mi facebook es un umbral a un mundo poblado por personas muy motivadas por el descubrimiento de su esencialidad.

Hay mucho que pugna por expresarse en esta cantidad de pensamientos que se avalanchan ante mi presenciación. Puedo optar por prestarles completa atención y permitir que suceda una comprensión que quiere mostrarse. De este modo, no les negaré mi luz, ya que ellos generosamente comparten su luz, sino que seguiré observando lo que todo esto quiere decirme. Tan sólo voy a darme cuenta… y darse cuenta es pura conciencia.

Los pensamientos están en la conciencia y cuando asumo que me pertenecen, con ellos sostengo una identidad.
Son formas, imágenes, palabras. Prestándoles cabal atención, dejando que libremente se muestren, voy observando cómo se va dibujando una gama de significados que inteligentemente me entregan información.

El intelecto es una expresión de la conciencia muy especial. Cuando lo manipulo en base a mis predisposiciones y juicios, lo que me muestra queda estancado y parcializado. Pero cuando simplemente observo sin juicios cómo se desenvuelve ante mi mirada, recibo información coherente y clara.

Las sensaciones están aquí, relacionadas directamente con el cuerpo. Puedo decir “mi” cuerpo, porque cuando surge la voluntad de moverlo, lo muevo. Pero la gestión de esta voluntad está limitada a una libertad de acción que debe someterse a muchas leyes.
El cuerpo es una expresión de conciencia, es sensitivo y dotado de una inteligencia esencial. La digestión se hace sin que mi voluntad intermedie, la sangre corre por las venas, la respiración ocurre, las células se regeneran. Una inteligencia que no puedo manipular hace que este cuerpo, “mi” cuerpo, quede a disposición de mi voluntad para convertirse en un carruaje que me lleva por el mundo.  

Mi cuerpo es una expresión sucediendo, es conciencia en movimiento. Y está a mi disposición por un tiempo dado. Tiene limitaciones respecto a las mismas leyes que mueven el mundo físico, y las leyes genéticas están en un nivel de desarrollo increíble. Por ejemplo ya no necesita algunos molares y el apéndice puede extraerse sin mayores consecuencias. Y me asombro. ¡Qué maravillosas son estas manos!, huesos, huesillos, ligamentos, músculos, nervios, venas y venitas que permiten que agarre las cosas, incluso que ejecute acciones muy delicadas como coser o dibujar, que acaricie y perciba la piel del amado, comunicándole expresamente, suavemente, mis sentimientos.

Mis sentimientos son un tesoro vivo, son expresiones del latido de existencia que maravillosamente no se limita al cuerpo. Busco las palabras que más se acomoden a esta comprensión que investiga asombrada ante lo evidente, actual e inmediato.

Comprendo que hay doctrinas (enseñanzas), es decir, conjuntos de conceptos que pretenden ordenar, ajenamente a mi, los significados de mi propia existencia. Son como potes de medicina en el gabinete del baño. Unos sirven para la tos, otros para los dolores y otros son tratamientos intensos que modifican el comportamiento bioquímico del cuerpo. Las doctrinas espirituales cuya base es la sabiduría esencial son para las dolencias existenciales, como medicinas que alivian algunas veces sólo los síntomas, otras veces curan la enfermedad. Cuando de una doctrina se toma algún concepto que parece resolver las dudas, es como aliviar el síntoma. Cuando de una doctrina se percibe el significado profundo a donde apunta, es como sanar la enfermedad. Tomar muchos conceptos y hacerlos propios hace que la persona se vuelva erudita y quede limitada a eso si no los hace carne y sangre de si mismo. Tomar un solo concepto y vislumbrar intuitivamente el significado que pretende señalar permite que se haga realidad íntima la añorada comprensión que alivia en forma permanente la dolencia ocasionada por la ignorancia de la propia esencia.

La habilidad de un intelecto que se despliega en todo su potencial, sin prejuicios, dogmas o aprendizajes, libre de todo lo que limita la mirada, es un don de la conciencia que hace que al ser humano (o sea, este yo virtual que me muestra como existiendo, que usa este cuerpo genéticamente desarrollado hasta cierto nivel, que tiene sentimientos, que alberga aspiraciones y deseos) se le muestre inteligentemente su verdadera naturaleza que es la esencia de toda existencia. Un intelecto así no se mueve por las ramas de la teoría establecida, sino que se despliega en toda su capacidad mostrando una cognición al mismo tiempo comprensiva y abierta, y sabiendo que no le pertenece a la identidad. El intelecto es una función extraordinariamente delicada de la conciencia. Y hay un saber que intuitivamente reconoce cuando lo que se está mostrando inteligiblemente es acorde a la realidad esencial y no sometido a realidades relativas. Y en esta realización, que no sostiene la ilusión generada por la inmediatez del cuerpo, la sensación, la emoción o el derecho a gestión voluntaria que suele producir el efecto de separación, se muestra a su vez toda la sensibilidad de ser que brilla en la comprensión y empatía con todas las expresiones vivas que la conciencia alberga y acoge.

Maria Luisa




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