jueves, 22 de septiembre de 2011

Abismo de Comprensión



No se encuentra un modo complaciente que a todos satisfaga, será porque no hay intención de complacer a nadie. Aparece la escritura como pura complacencia de propio furor, de la intensidad ardiente al mirar con ojos de fuego y luces.

Y a veces no es así. A veces detrás de la expresión, que aunque esta sea inevitable, se encuentra la intención y el tinte del costo-beneficio. Qué se da y qué se recibe. Cómo dar y qué esperar. Y cuando esto, como un conjunto de ideas, sucede y atrapa mi atención, llego a sentir culpa. Se lo comento a Malak y me dice: ¿acaso buscas ser perfecta? ¡Plum!... cierto, me digo, ¿por qué la necesidad de perfeccionarme? ¡Más ego!.... y al momento agrega: porque ya lo eres.

Algunas veces el pensamiento acapara la atención y resurge la tentación de asumir como algo propio de la persona, del yo separado, de Maria Luisa, el manejo, voluntad e intención de expresarse. Cuando se presenta de ese modo: "yo hago, yo quiero, mi deseo, mis intenciones, mi mirada, mi opinión", es como estar de nuevo en la humareda que provoca esta Maya, la encantadora ilusión de ser uno entre muchos, "una" en este caso, y no solo ser eso, sino ser especial. Todo eso es el montón de ideas que señalan identidad y que aparecen como los vagones de un tren detrás del primero (el carro del "yo"), tras quedar prendada la atención a la idea de yo, y eso es caer en la tentación, errar el blanco, perder la senda. Es tan simple como eso, que lo describo así: el hábito de la auto-definición de "quién soy" distrae y sin aviso acarrea todo el engranaje de ideas y por supuesto confusiones.

El aprendizaje fija tendencias, hábitos para la atención. El mensaje de la sociedad, la cultura, educación, costumbres, impregna de significación al hecho de “llegar a ser”, construirse: destacar, competir, sobresalir, mejorar, ser independiente, exitoso... y al final del cuento, la promesa: gracias a todo ello vivir feliz para siempre. Esto queda incrustado en el disco duro del funcionamiento mental, generando un mecanismo automático que se dispara intermitente y constantemente, sin avisar.

Conversando acerca de esto una de estas noches, como ya es habitual, me dice Malak: ¿sabes cómo escribo? Complaciendo a lo esencial.
De nuevo ¡Plum! Y aparece la teoría: ¿qué??? quién complace a qué?, separación? dualidad? Pero eso dura menos que un perro en misa y enseguida quedo muda, no solo cayendo, una vez más, como una roca, al precipicio de la comprensión, sino movida por la admiración de lo que significa saber orientar. Un par de palabras y enseguida el retorno a la  senda, es decir, a retomar la puntería. Dar en el blanco, siendo el blanco, el arquero, la flecha y la puntería al mismo tiempo. Sin embargo Malak se muestra compasivo y para que no queden dudas adiciona: Cuando digo complaciendo a lo Esencial... estoy apuntando a que la escritura se produce sin participación del ego segmentador. Ya, ya, para entonces ya me había quedado claro, y ahora este añadido, una vez viendo desde el umbral de Si mismo, se funde amablemente compartiendo la pasión, compasión, de esta unión de mentes y comprensión compartida. 

Eso resultó interesante,  porque hacía un rato tenía delante estas ideas: que más fácil parece ser entregarse devotamente, que ver todo sabiendo que es Uno "quien" está armando todo este tinglado existencial,  porque con esto último se roza (como si se caminara por el borde de un precipicio) con un ego que se apropia del mirar, y hasta que la tendencia a desnaturalizarse como entidad independiente y pensadora no se consume en forma completamente natural, la tentación surge una y otra vez mostrando las mil caras de Medusa, el ego, que congela la atención.

El conocimiento es algo que quema, y cuando la mirada queda prendada por la idea de ser “alguien que comprende”, el fuego del conocimiento produce una humareda engañosa. En cambio el conocimiento (no información), que se mantiene con una atención expandida, amplia y ligera, sin juicios y sin dueño, se muestra con el brillo de ese fuego, y es claridad lo que alumbra todo.

Cuando la comprensión, que es el fuelle que alimenta de aire al fuego espiritual, ha hecho nido en uno, el humo que puede salir de algunas maderas (tendencias remanentes) es a su vez comprendido como eso, solo humo, expresiones de la identidad que se están consumiendo, expresiones que están siguiendo el curso prediseñado y que en definitiva, no tienen nada que ver realmente Conmigo.

Estas reflexiones no son el fruto de haber leído, salen tal cuál de cómo se vive el ardor existencial, directamente, de primera mano… son el alimento de mi propio aliento, el transitar que me habita, en lo que se ha convertido mi cotidianidad.

Comprendo que es fuerte el planteamiento de que toda modificación que pretenda hacerse a nuestros modos de ver corresponde a transformaciones que se proponen para la identidad. Y es porque se asume que realidad es el mundo de vigilia compartido y se valida lo que se ve a través del pensar, es decir, lo que plantean las ideas, mirar a través de la mente. ¿Acaso las personas que dan validez exclusiva a la racionalidad jamás se pierden en un arrebato de amor?

Todo lo que sucede es lo que tiene que suceder, lo que veo es lo que me toca ver, lo que presencio, juicios incluidos, son maderas que están en cocción en el fuego del Nirvana, mi realidad eterna. Mi conciencia se ha centralizado en el tiempo, la forma y el espacio, presentando esta sensación de ser que se ubica en tres dimensiones (espacio) y transita una historia (tiempo), y mientras esto es visto así, humo, comprensión, luz y sombra son los matices de mi existencia. Y entonces aparece esta nueva expresión: sólo el amor cura, sólo ese bálsamo alivia el dolor de la separación ilusoria que estoy presenciando, y con esa caricia sucede la paciencia de esperar la consumación, también ilusoria, de lo que nunca fue.

Maria Luisa


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