lunes, 23 de noviembre de 2009

El estado natural

El estado natural de ser, tal como lo veo, es uno de comprensión, aceptación y paz. Es la condición anterior a los juicios y condicionamientos. Es la capacidad de ser consciente de la vida, en comprensión simple y llana, ni racional ni irracional. Es aceptación de todo fenómeno que aparece y paz emocional. Es decir, con el instrumento formado por cuerpo, mente y emociones respondiendo en forma armónica. El estado natural no es algo que se pueda buscar transformando el instrumento, sino que es lo que ya es, antes de los deseos.

Menciono ser consciente de la vida, entendiendo por “vida” a la manifestación del ser. Conocer el mundo y ser capaz de apreciarlo. No me refiero a la historia de vida. Y por conocer el mundo no me refiero a viajar por el mundo, ni por visitar sus recovecos o paisajes. Conocer significa para mí abrir los ojos y ver el cielo, escuchar la fuente de agua en el paseo peatonal, los ruidos que presenta el movimiento de la ciudad, oler los aromas del desayuno que prepara el vecino. Conozco, percibo y sé de lo que me rodea. También sé de mi cuerpo y de su respiración, su latido.

Es fácil apreciar el estado natural de ser cuando despierto en la mañana, aún antes de abrir los ojos, o abriéndolos, da igual. Solo ser. Antes de la conversación mental que elabora explicaciones acerca del sueño tenido en la noche, o acerca de los proyectos del día, ahí hay paz que escucha al mundo y a la naciente vigilia. Esto es, antes de que los deseos acaparen mi atención, y con ello generen la necesidad de satisfacerlos, que también, es un impulso que puede acaparar mi atención. Desde este estado tranquilo de comprensión y armonía me puedo dar cuenta que no tengo la necesidad de prestar atención a los deseos ni a la idea o el impulso de satisfacerlos.

Mi estado natural es una condición de placidez que escucha, en forma tranquila y alerta, tanto lo externo al cuerpo, como lo interno al cuerpo. Escucha el mundo que habla con sus fenómenos y escucha una comprensión que se despliega como inteligencia que proviene de la esencia.


No recuerdo cómo era ser un bebé, aunque puedo suponer que esto es el mismo estado natural de un niño en su cuna, pura felicidad expresada en un cuerpo relajado y unos ojitos claros, cuando aún no avisa de hambre o humedades en el culito, frío o alguna otra circunstancia que desacomode su cuerpo. El bebé aún no tiene una carga de memoria con experiencias o requerimientos de logros grabados por su educación. No tiene conflictos racionales ni sabe de símbolos o palabras para expresarse. No busca nada, porque nada se le ha perdido.

Antes de todas las expectativas para llegar a ser felices, ya somos, no felices, sino felicidad.


En el estado plácido y completo antes de interpretar o juzgar nada, escucho lo externo al cuerpo. Esto significa, soy consciente de cómo tengo percepciones por medio de los sentidos, vista, olfato, tacto, gusto y oído. Reconozco las vibraciones recibidas que hacen resonancia con instrumentos como el tímpano, las papilas gustativas, los nervios ópticos, la piel con sus capacidades táctiles. Yo tomo nota y apreciación de lo que estos sentidos me ofrecen, una vez que traducen de toda la vibración por medio del cerebro, de lo que es ese mundo donde se encuentra este cuerpo. Por eso digo que el cuerpo es un instrumento para conocer el mundo. Sin embargo, quien conoce no es el cuerpo, sino yo, la Conciencia, el Si mismo.


Pasemos a lo interno. Independientemente de lo que las vibraciones que forman el universo físico me dicen, hay otras vibraciones que llamo pensamientos. Conforman un nivel más sutil que el cuerpo y mundo físico. Veo los pensamientos como el conjunto infinito de posibilidades de interpretación, que da forma y orden a las percepciones. Los pensamientos están todos en el fondo de la Conciencia, como peces que nadan en el océano. Así como en la superficie del mar llega un barco con un pescador y atrapa uno de los miles de millones de peces que hay sueltos por el fondo, del mismo modo, con la atención pesco algunos de los infinitos pensamientos que están contenidos en el fondo de la Conciencia Esencial. Pescar un pensamiento significa para mí, darle forma conceptual, por medio de símbolos y sonidos, o sea, la palabra, a una posibilidad. Así formo conceptos y explicaciones, que llamo “racionales” en la medida que sean entendibles por varias personas como modos de comunicación.

Busco el modo de exponer, así que sigo “escuchando” lo que se despliega desde el Si mismo, como inteligencia esencial. He separado percepción física de pensamiento racional. Sin embargo, todas las vibraciones, tanto las ondas y partículas que conforman lo físico, como las sutiles frecuencias que llamo pensamientos, son contenidos entrelazados y no separados en la Conciencia Esencial. El caso es que a esta combinación de funciones que perciben y ordenan los contenidos conscientes la llamo cuerpo-mente. Ambos, el cuerpo y la mente, entendidos como instrumentos que la Conciencia utiliza al centralizarse formando una individualidad.

Conciencia Esencial la entiendo como todo lo que es, toda posibilidad, incluye el cosmos entero: “soy”. Y Conciencia Centralizada la entiendo como el modo que tiene esta Conciencia infinita de ubicarse en un lugar y tiempo determinado, por medio de un cuerpo-mente, para experimentar algunas de las posibilidades infinitas de su auto-percepción: “yo soy aquí y ahora”.


El cuerpo es un instrumento de percepción y vivencia y la mente es un instrumento de interpretación de la vivencia, convirtiéndola en experiencia. En definitiva, son funciones de la conciencia.


Hay un instrumento más que añadimos a estos, ya que lo emotivo no cuadra en forma exclusiva dentro de ninguno de los otros dos. Así, el tercer instrumento que conforma la Conciencia Centralizada es la emoción. La emoción es la manera sensible de interpretar las percepciones, relacionando las vibraciones físicas con la interpretación mental que hacemos de ellas. Por eso, las emociones se despiertan cuando un pensamiento trae de la memoria alguna previa experiencia que dejó una imprenta o cuando el funcionamiento glandular del cuerpo desprende los productos bioquímicos que permiten que la emoción sea sentida. Así, uniendo movimientos glandulares e historia personal (experiencias de vida), se producen las emociones, que hacen que el instrumento con que se ha centralizado la conciencia no funcione en forma mecánica como una máquina, sino que se genera mi capacidad de “ser” sensible (en este caso, ser lo concibo como verbo), donde la sensibilidad emotiva es un ingrediente fundamental para la interacción de mi con otros, produciendo las posibilidades infinitas de experimentación que llamo vida. Un organismo “cuerpo mente emoción”, o como decía, la Conciencia Centralizada, se forma para vivenciar un conjunto determinado, finito, limitado, de estas posibilidades. Sin embargo, la Conciencia Esencial, como es toda potencialidad, cuando se centraliza, lo hace por medio de miles de millones de formas, infinitas, y así es como todas estas posibilidades pueden ser conocidas por si misma, el Si Mismo.

Retomando el tema del estado natural. No es por medio de la modificación de lo conocido, es decir, de los hechos, ni por medio de modificar la forma en que los interpretamos, es decir, nuestros juicios, ni por medio de cambiar una emoción por otra, que se logra el estado natural de comprensión, aceptación y paz, en resumen, felicidad. El estado natural es natural, es innato, esencial, no se logra ni se alcanza, porque ya es. No viene por transformación. Se evidencia cuando está ausente la identidad con una y otra cosa, una u otra definición de mi misma. No es ausencia de percepción, ni ausencia de pensamientos, ni ausencia de emociones, sino que es ausencia de identificación o apego con estas. Es lo previo y al mismo tiempo, lo que permanece. Es la condición imprescindible para que haya conocer y saber, para que haya sensación e incluso interpretación. Es el fondo esencial del Si mismo, sin identidad, impersonal. Es puro ser en conciencia de la felicidad. Y en última instancia, es lo absoluto que se está mostrando a si mismo en su plena posibilidad de belleza, armonía, pureza, verdad, calidez, inteligencia, claridad, amor, paz y luz que ilumina y sostiene todo lo conocido, siendo el conocedor y lo conocido, como “no dos”, en su luminosa esencialidad.


Maria Luisa

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