viernes, 20 de noviembre de 2009

El despertador de la resonancia.


Es bello saber que el despliegue es compartido. Desde la sacra hondura del fondo de “yo soy”, cada cual, cada uno, o sea, cada organismo, está siendo usado por la conciencia esencial que se da cuenta de todo.

Aparecen las preguntas acerca de quién puede alcanzar lo real, preguntas que se hacen como ideas. Son la mente que está filtrando la percepción, buscando sentido.

Hay un solo “quién”: yo, ¿quién más? Yo, diferenciando, me considero separada… o unida… y yo me doy cuenta de ello, yo soy, yo vivo, yo sé. ¿Quién soy yo? Yo soy esto infinito que siempre ha sido. Y de ello me doy cuenta sin necesidad de formular las palabras. La palabra divide y separa, porque define, y para definir necesariamente excluye por medio de juicios, dualidad. En el proceso intelectivo que genera conceptos, se buscan fonemas y símbolos que representen lo que vemos, sentimos, percibimos. No siendo dos ni muchos, el ser manifestado como muchos hombres, mujeres, organismos, personas, este ser, este infinito Ser, se comunica consigo mismo, se habla y se devuelve el significado como un reflejo ante el espejo, como un eco en lontananza.

Comprender este mecanismo expresivo, este movimiento dentro del si mismo, como emanaciones de expresión, como sonido, como imagen, luz, onda energética, que se desprende del Si Mismo, significa “ver” desde el Si Mismo. La luz es visible como forma cuando la onda choca con la partícula, pero ambas, onda y partícula, son luz, energía, Conciencia.Visto en forma más simple, menos científica, es como decir que yo, que me veo persona, sostengo una vida, una historia. Me he identificado con este cuerpo y con un cúmulo de recuerdos. Mi atención se alterna entre pensamientos de dolor y de placer y como un ave, pica de los frutos dulces tanto como de los amargos.

Yo, lo infinito, la luz primordial, he iluminado esta presencia en el tiempo y el espacio, me he manifestado para sentir, conocer, toda la potencialidad de mi propia expresión, apareciendo en un plano fenoménico donde me he concretado como forma, cuerpo y sangre, que respira el aire del espacio que me rodea. Entra y sale el aire de mi propia Vida. Y en este espacio que entra y sale de mi aparente forma concreta, por este espacio, yo como forma me desplazo. Al ubicarme como sujeto, he creado el espacio donde se encuentran los objetos. Aparezco, parece que estoy, parece que soy definida, y lo parece muy seriamente, porque el cuerpo que me viste es un instrumento de percepción consciente que me da un sentido de ubicación en un mundo de tres dimensiones.

La conciencia, que es pura esencia de si mismo, se ha centralizado en un punto dentro de un espacio, formando realidades virtuales por medio de la percepción y su interpretación. Miro por los ojos hacia “adelante”, escucho por los oídos en “derredor”, siento con la piel que me envuelve todo el aire, calor o frío que me rodea, huelo, saboreo, respiro… y lo sé. Yo Soy, desde lo infinito, en lo infinito y me he modificado como algo dimensional en movimiento. Me produzco como algo finito, limitado, me relaciono con todas las expresiones que nacen de mi, como infinidad de otros sujetos, y me atengo a registrar una vida que comienza en el seno de una familia y se mueve en el tiempo de lo social, del aprendizaje, donde me voy llenando de expectativas que cubran toda la potencia con que he venido a manifestarme. Vengo con un cúmulo de tendencias, inclinaciones de lo posible, emanaciones o rayos luminosos que quieren ser experimentados.

El “yo soy” se ha convertido en “yo soy esto finito y limitado”. Y en esto consiste mi propio engaño, pues le creo a la interpretación mental, perdiendo en apariencia el contacto con la luz esencial de si mismo. Picando de los frutos dulces y amargos de la experiencia, moviéndome en el río de la vida que se define entre dos riveras de placer y dolor, busco horizontes, metas, ilusiones de un devenir, un alcanzar, un logro. Yo, que soy luz infinita, eternidad, identificada con el organismo y la presencia temporal, trato de completarme en plenitud, y supongo que por medio de la transformación del instrumento expresivo, llegaré a ser… ¿ser qué? Es el “ego”, esta idea de separación, de voluntad independiente, esta necesidad de perpetuar lo temporal y de convertir lo limitado en infinito. Mirando hacia la expresión externa que está delineando esta virtualidad llamada mundo, atenta a los estados cambiantes de la mente, envuelta en las apariencias que me presenta la vigilia y el sueño, desprendo mi atención del centro mismo de Ser, y me confundo en tinieblas, espejismos, sombras. Me he envuelto en un laberinto de identidades, buscando, buscando, una felicidad que creo haber perdido o nunca tenido. ¡Vaya! Qué sueño. Qué imaginación.

Entiendo, con la intelectualidad, que todo esto es efímero, quizás impreciso, aún así trato de explicarlo y no hay posibilidad de definir lo indescriptible. Y más allá de toda doctrina y dogma, recojo los conceptos que se presentan como opción.
Mi amado reflejo que muestras confusión: Si toco tu punto sensible, el agujero profundo de tu centro, si meto el dedo en la llaga y te hago reaccionar como el timbre de un despertador, ya eso me complace en profundidad. Porque tú, que buscas y dudas, que no sabes quién eres, no eres sino Yo. Eres yo, y por eso te toco, me toco, para despertar mi esencia en ti.
Amada luz que permite la claridad: gracias por resonar y ofrecerme la oportunidad de mirarme en el límpido reflejo de este espejo claro y diáfano de la comprensión. Donde no hay dos, en lo eterno, mi constante emanación resuena en frecuencias de onda y partícula, cuando lo que soy es Ser en Conciencia de su propia Bienaventuranza.

Maria Luisa

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